La educación superior

La educación superior

Imagen de archivo. Jóvenes se manifiestan en la ciudad de México en demanda de espacios para la educación superior.

FotoYazmín Ortega Cortés y la Jornada.

José Blanco

La Jornada/250912.

Definida a escala mundial como la palanca fundamental del desarrollo en la sociedad del conocimiento del siglo XXI, asumida plenamente en los hechos por diversos países europeos y asiáticos y probando que sí es tal, en México el consenso es también amplio, quizá muy amplio, sobre esta idea fuerza que se ha convertido en un axioma; aunque en México decimos sí, no decimos cuándo.

Una revisión de lo hecho en este sexenio en la materia nos arrojará un cuantioso número de acciones, de realizaciones, de aumento de la cobertura, de la creación de instituciones (tecnológicos y universidades tecnológicas), de aumento de recursos, de (a veces muy discutibles) fondos extraordinarios, de mejoramiento de los académicos, del crecimiento de los profesores con perfil Promep, de los (a veces inútiles) cuerpos académicos, de los programas de becas, del avance del posgrado, del crecimiento de los estudiantes de los deciles de los pobres que han podido ingresar en este nivel educativo, y mucho más. Sin duda, una vasta tarea, que siempre nos deja insatisfechos por los innumerables aspirantes que no logran incorporarse a la educación superior y por la baja calidad media de nuestros egresados.

Con frecuencia casi cotidiana, en toda reunión pública que presenta resultados, oiremos el consabido lo mucho que hemos hecho, pero lo mucho que nos falta por hacer. Y sí, en educación superior (ES) hemos hecho mucho, pero otros países en el mismo tiempo han hecho mucho más y mucho mejor. También es un realidad.

En México hemos hecho ingentes, a veces colosales esfuerzos entre el gobierno y las instituciones de educación superior, por mejorar lo que tenemos. El inmenso problema nuestro es que lo que tenemos ya no nos es útil. De modo que mejorar lo que dejó hace mucho tiempo de ser útil, es doloroso decirlo pero ha sido a veces vano, o estéril, muchas veces improductivo, inane. No pocas personas enteradas de la ES lo saben bien. Pero no se ve aún cómo las cosas pueden empezar a variar hacia lo que nos es imperiosamente necesario.

Seguimos haciendo las cosas de siempre, un poco mejor. Nuestros esfuerzos han sido genuinos, pero insustanciales cuando no vacuos.

La universidad mexicana, la latinoamericana en general, está ferozmente presionada por fuerzas que provienen de cambios monumentales, no obstante lo cual queremos seguir sosteniendo nuestro modelo napoleónico de universidad, según pensó el orden del conocimiento el positivista Augusto Comte:

«… organizar la universidad por carreras que se ocupan de un trozo del mundo natural o social, y hacer de ellas licenciaturas: abogados, médicos, poetas, literatos, físicos, químicos, biólogos, matemáticos, danzantes, arquitectos, ingenieros, economistas, sociólogos, politólogos, veterinarios, filósofos. Y mineralizar ese estado de cosas hasta creer que pertenece al orden de la naturaleza».

Las cosas no ocurren así en el mundo angloparlante, y tampoco ahora, después del Proceso de Bolonia (1999- 2010), en el mundo europeo occidental y oriental y una parte de Asia. Por caminos diferentes, esos mundos se aproximaron en el espacio de la ES. Más de mil universidades se inscribieron en el proceso de cambio de Bolonia, y muchas aún continúan afinando, recomponiendo, adaptando, lo que no quedó bien hecho. América Latina quedó bajo los cánones que nos heredó Europa, y que ya desechó.

Supongo que un día América Latina será alcanzada por esos cambios formidables. Pero nuestro terror al cambio y los intereses creados…

La universidad europea asumió que estaba cercada por cuatro fuerzas irresistibles:

1) una globalización que marcha a tumbos donde todo parece más provisional que nunca;

2) un tumulto irrefrenable de innovaciones técnicas que van desde los innumerables gadgets, hasta las altas tecnologías médicas, físicas, astrofísicas, electromagnéticas, que penetran en todas las operaciones del conocimiento acumulado;

3) una aceleración del conocimiento expuesto así por el profesor James Appleberry en los años 90, y difundido por la Unesco: el conocimiento se duplicó por primera vez, en nuestra era, en 1750, después, en 1900, más tarde, en 1950; hacia fines del siglo XX, cada cinco años, hacia 2020, cada 76 días;

4) el avasallador desplazamiento de la población de las zonas rurales a las urbanas y el cambio concomitante de las ocupaciones humanas que trajo consigo el incremento del sector servicios que en los países desarrollados absorbe 60/70 por ciento o más de la fuerza de trabajo.

¿Cómo se organiza una universidad frente a esa dinámica del mundo de hoy?

En el México de la primera década del siglo XXI, 40 por ciento de los egresados de la ES no encontraron una ocupación que correspondiera con su formación universitaria: ¿por qué?

Frente a las nuevas realidades del mundo, hemos conservado:

a) el mismo patrón organizacional,

b) la misma organización del conocimiento,

c) la misma gestión del conocimiento y

d) el mismo modelo pedagógico.

Ponga usted los matices y excepciones que desee, el diagnóstico básico no cambia.

 

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Nota mía: Respetuosamente me permití modificar levemente la estructura del artículo de José Blanco, con la exclusiva finalidad de facilitar su lectura en el formato de Odiseo. Alfredo Macías Narro.

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