Evaluar el contexto social y cultural (anticultural)

Evaluar el contexto social y cultural (anticultural)

  • Imagen de archivo. Manuel Pérez Rocha.
  • Cortesía. <campamentouniversitarioenresistencia.blogspot.com>

Manuel Pérez Rocha

la Jornada/130613.

Hace un mes, en este espacio, afirmé que entre otras tareas apremiantes del nuevo INEE está la evaluación del contexto social y cultural (anticultural) que destruye la motivación de los estudiantes. El asunto de fondo claramente expresado es la motivación de los estudiantes y un factor que la determina (destruyéndola): el contexto social y cultural (anticultural). No puede pues desprenderse de esta afirmación (como un distinguido lector opinó), que en ella hay un rechazo a la evaluación de los maestros ni una actitud complaciente ante los malos resultados en la educación, con el pretexto de las condiciones de pobreza de muchos escolares.

El éxito o fracaso escolar está relacionado de una manera muy compleja con las condiciones sociales y culturales de los educandos. No hay una relación directa y mecánica de la pobreza con los resultados escolares. Hay innumerables casos de estudiantes que viven en condiciones económicas privilegiadas y tienen pésimos resultados. Por otra parte, no son pocos los ejemplos de niños y jóvenes que a pesar de las condiciones adversas en que viven, logran magníficos resultados en la escuela. Véase, por ejemplo, lo que logran muchos maestros del medio rural, en particular los que al margen de lo que impone el sistema (la SEP) han elaborado y puesto en práctica proyectos educativos innovadores en Oaxaca, Guerrero y Michoacán, revísense las presentaciones que estos maestros han hecho en las reuniones y congresos pedagógicos organizados por ellos mismos.

Asumir que hay una relación mecánica entre pobreza y resultados escolares conduciría a aceptar que en tanto no se elimine la pobreza nada puede hacerse por la educación de los niños que padecen esa situación, lo cual desmienten todos los días muchos maestros mexicanos. También resulta un gran simplismo plantear que el problema del fracaso escolar se resuelve repartiendo dinero en forma de becas u otras ayudas. Repártase cuando sea útil, pero no se confíe en ello la solución de los problemas educativos.

Bernard Charlot, filósofo y pedagogo francés que trabaja en la Universidad Federal de Mato Grosso (Brasil), aporta un enfoque muy prometedor – La relación con el saber– para estudiar el fenómeno del llamado fracaso escolar. En primer lugar, bajo el término fracaso escolar se confunden fenómenos muy distintos y, aun cuando en muchos casos se presente como común denominador una situación de pobreza, no puede, sin más, atribuirse a ésta el fracaso. Además, no todo abandono de la escuela (o desatención a sus tareas) puede ser calificado de fracaso, pues en no pocas ocasiones es resultado de una decisión pensada a partir de la consideración, fundada, de que las enseñanzas de la escuela no sirven para los fines convencionalmente asignados a la educación escolar: ayudar a conseguir empleo, elevar el nivel de vida (confundido con el nivel de consumo).

En el prólogo de la edición del libro de Charlot en castellano, la profesora uruguaya Ana Zavala advierte con acierto “… no aprender no significa necesariamente no poder hacerlo sino, antes bien, no querer o… no estar en condiciones de querer aprender eso que la escuela sugiere que uno debería aprender en ese momento y de esa forma”; subraya el aserto del profesor Charlot de que todo saber implica una relación con el mundo, consigo mismo, con los otros, con el lenguaje y el tiempo. La doctora Zavala pregunta: ¿Cómo, desde todas las teorías anteriores, podía habérsenos pasado por alto la idea de que detrás del aprender hay un deseo de hacerlo, una necesidad que ha de ser colmada? ¿Cómo pudimos pensar que el aprendizaje era algo tan mecánico, tan intelectual, tan exclusivamente racional, algo que se podía imponer a otro?

Me parece exagerado atribuir ese descuido de los deseos y las necesidades a todas las teorías anteriores. Por lo menos desde Sócrates son no pocos los filósofos y educadores atentos a esas dimensiones del problema pedagógico (el deseo y las necesidades). Quizá un aporte novedoso sea la consideración analítica y sistemática de las emociones. Pero sin duda, en las políticas educativas (en México y en muchos otros países) estos problemas básicos están ausentes y predomina la idea de que el aprendizaje es algo que se puede imponer, con garrotes o con zanahorias.

El reto de la escuela, de los maestros y de la sociedad es lograr que todos los sectores de la población encuentren en las aulas una educación que les es valiosa. Los jóvenes provenientes de los sectores económicamente privilegiados saben que los conocimientos allí adquiridos (y los certificados y títulos), aunados a sus relaciones sociales y a otros bienes materiales y culturales que poseen, les garantizan efectivamente un futuro próspero, y en consecuencia ponen empeño en la escuela. Pero muchos jóvenes provenientes de los sectores mayoritarios, de condiciones económicas precarias, o menos que precarias, no encuentran sentido en seguir programas escolares que resultan ajenos a su realidad inmediata, su tiempo, su lenguaje, su mundo, a su urgencia de sobrevivir. Al abandonar la escuela no han fracasado, ha fracasado el sistema escolar por no responder a las necesidades y condiciones de los educandos, por su incapacidad para generar en ellos una motivación para estudiar que vaya más allá de lo más visible e inmediato que les presenta el pobre contexto social y cultural que es la sociedad contemporánea.

La educación no se da en el vacío. La escuela y sus aulas, y los resultados de sus trabajos, están compleja y fuertemente relacionados con el exterior.

Ninguna evaluación seria y responsable de las escuelas y los maestros puede prescindir del contexto social, económico y cultural que los condiciona.

Los medios de comunicación (principalmente prensa, radio y televisión) determinan en gran medida la visión del mundo, el lenguaje, las relaciones con los otros, deben pues ser considerados parte del sistema educativo y en ese tenor una de las responsabilidades del nuevo INEE es evaluar sus efectos en la educación.

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Nota mía: Respetuosamente me permití modificar levemente la estructura del artículo de Manuel Pérez Rocha, con la exclusiva finalidad de facilitar su lectura en el formato de Odiseo. Alfredo Macías Narro.

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