El discurso de la calidad total o el cómo maniatar el proceso enseñanza-aprendizaje

Autor: 

José Jesús Trujillo Vargas

El mercado ofrece libertad a quien tiene os medios necesarios, pero promete bien poco en materia de igualdad. ( Fernández Enguita, 2001: 76)

 
El concepto de calidad que hoy estamos acostumbrados a escuchar en el ámbito político-educativo dista mucho de ser verdaderamente propiciador de la mejora de tal proceso, en tanto en cuanto dicho concepto está regido por una manera de entender el mismo como un bien de consumo más, en donde priman las leyes de la oferta y la demanda en detrimento de otras propuestas más igualatorias, justas y democráticas. Es la llamada calidad total, la cual intenta equiparar la educación con un determinado servicio cuyo fin último es satisfacer al cliente. Pero… ¿Quién es considerado cliente?, para este modelo de gestión, “cliente no es todo el mundo o cualquier persona, sino los individuos compradores o usuarios del servicio, que reúnen los requisitos o expectativas que determinada empresa prevé” (Fernández Sierra, 2002: 79). Y… ¿Quiénes no puedan comprar dicho servicio?, esta pregunta no sería ni digna de ser cuestionada, por aquellos que defienden este discurso, ya que los “no habilitados para comprar” simplemente no se les tiene en cuenta porque no interesan.

Desde esta perspectiva los alumnos/as son tratados como clientes externos, y en lugar de ser considerados como personas capaces de reconstruir la realidad existente intentando cuestionarla, juzgarla y dando una alternativa más humanitaria en aras de su formación como ciudadano crítico, reflexivo, autónomo y libre, los mismos se limitarían a ser meros “utilitarios” de dicho servicio.
El discurso de la calidad total intenta potenciar el currículum tecnológico, en la medida en que sólo determinados grupos de poder poseen libertad para decidir los objetivos que deben cumplirse durante el año escolar, en este sentido los docentes serían meros transmisores de un saber preestablecido, interesado y cuanto menos poco educativo en aras de satisfacer los intereses de quienes gestionan dicho saber, estableciéndose de tal modo una serie de jerarquías cuya cúspide estaría ocupada por los que podríamos denominar “gestores del saber”. Habría que incidir en la idea de que desde el mismo momento que en el proceso de enseñanza-aprendizaje se acepta y/o promueve el establecimiento de jerarquías (en donde, existen personas que dependiendo de su estatus tienen mayor poder de decisión que otras que en teoría influyen tanto o más directamente en dicho proceso), se insta a que el mismo nada tenga que ver con ese fenómeno enriquecedor, formativo, ético, justo, igualitario, democrático, socializador, etc, al que llamamos educación. Esta forma de “gestión jerárquica” como diría Carrasco Rodríguez (1999) “convertirá a los centros educativos en sistemas organizativos eficaces para obtener ciudadanos a medida de las estructuras sociales existentes” (pág. 19).
Desde este enfoque, de la calidad total, procesos tan sumamente complejos como la evaluación, tendrían como fin último la satisfacción del cliente, sirviéndose de un modelo basado en la “rendición de cuentas” desde el “primer y segundo eslabón de la cadena educativa” (alumnos/as y profesores/as) hacia aquellos que tienen el poder de tomar las decisiones que consideren oportunas en materia de objetivos, organización, contenidos…y a sus posibles cambios. Con lo cual, tanto evaluaciones internas como externas pasarían de ser un elemento facilitador y proclive hacia la mejora educativa, para convertirse en un elemento de control directivo, que no casa con la reflexión, debate… sobre la práctica diaria en aras de un verdadero progreso en el quehacer cotidiano.

La evaluación educativa no tiene nada que ver con el “rendir cuentas”, sino con la revisión de las propias actuaciones profesionales, de tal modo que existe una vía para el ejercicio de un control democrático tanto externo como interno que consiste en la realización de evaluaciones democráticas en los centros escolares, entendiendo como tales aquellas en las que, tanto los métodos aplicados, como la información generada en el proceso evaluador es abierta, y se discute y reelabora entre los diferentes grupos de interés, formales o no, que configuran la comunidad educativa” (Beltrán y San Martín, 1992: 67).

Llegados a este punto, habría que plantearse algunas de las repercusiones que un modelo como el definido puede provocar en el sistema educativo y por ende en la sociedad de la que formamos parte:

  • El hecho de que tal modelo esté basado en un individualismo exacerbado, no es sino una manera de inducir a nuestros niños/as hacia una “lucha por la supervivencia” de modo que si se “despistan”, sus “oponentes” (que en realidad deberían ser compañeros) intentarán “pasar por encima de ellos/as”.
  • Franquea los principios básicos que debieran imperar en un sistema educativo verdaderamente democrático como pueden ser: libertad, autonomía, cooperación, colaboración, solidaridad, etc.
  • Negará la posibilidad de que niños/as de multitud de culturas interactúen entre sí en aras de enriquecerse los unos con los otros, porque ya de por sí desde esta perspectiva, se excluye a aquellas culturas que no basan sus modelos de convivencia en una forma parecida a lo que está establecido como “normal” en la sociedad de nuestros días (la denominada cultura occidental), con lo cual negará la posibilidad de que los niños y niñas respeten, toleren, aprendan y convivan con sujetos de otras culturas diferentes a la suya y se limitarán a dar por buena una única cultura, la cual será venerada y promulgada desde diversos ámbitos (entre ellos, uno de los más importantes serían los medios de comunicación), los cuales intentan vendérnosla como la única posible.
  • Etc.

Estas y otras fisuras de la calidad total vienen a confirmar lo “inadecuado” de querer asimilar el sistema educativo con el sistema mercantil, ya que a mi modo de ver, el sistema educativo queda desvirtuado desde el mismo momento que los máximos protagonistas del mismo (niños y niñas) son tratados de desigual forma en función de sus condiciones económicas, culturales… o de cualquier otra índole. Ya que desde ese mismo instante subyace la idea de que cada cual ocupará un determinado rol en la sociedad de nuestros días en función de estas condiciones ya mencionadas, sin posibilidad alguna o muy remota de aspirar a ocupar otro rol en función de sus intereses, inquietudes… “si el sistema educativo trata injustamente a algunos de sus alumnos, no son estos los únicos que lo padecen. La calidad de la educación de todos los demás se degrada […] Una educación que privilegia a un niño sobre otro está dando al primero una educación corrupta, a la vez que le favorece social o económicamente” (Connell, 1997, pp. 22-23 en Fernández Sierra, 2002; 30)
En contraposición a este intento de subordinar el sistema educativo al mercado, propugnado por los defensores y/o promotores de una ideología neoliberal, existe un enfoque que apuesta por una alternativa mucho más coherente y educativa, desde donde se intenta aminorar las diferencias entre aquellos que partieron desde una situación más ventajosa con aquellos otros que lo hicieron desde otra más desventajosa. Considerándose desde la misma que un sistema educativo es de calidad cuando: se preocupa por la calidad intrínseca de la enseñanza, une calidad de enseñanza y calidad de vida, se inspira en valores tan democráticos como el de igualdad, justicia social, libertad, se orienta hacia la inclusión de niños y niñas de diferentes culturas, estratos sociales y capacidades fisico-psíquicas, promueve una formación permanente del profesorado, etc.
En resumidas cuentas, podríamos decir que para hablar de calidad en el sistema educativo no nos vale o nos es insuficiente el discurso de la calidad total, ya que el proceso de enseñanza-aprendizaje abarca unas dimensiones tan extraordinariamente complejas que reducirlas a un mero “productivismo”, es síntoma de una desvirtuación estratégica e interesada de aquellos que desde una perspectiva ideológica neoliberal tratan de vendernos una “educación mercantilizada” .
Quisiera terminar con una cita que resume a groso modo la idea que he intentado transmitir durante el discurrir del artículo y con la misma me hago eco de una reivindicación, que no es otra que aquella que me indica que en educación es posible otro modelo más humanitario, formativo, igualitario, democrático y justo que el de la calidad total.

Frente a los lemas que los modelos económicos neoliberales tratan de imponer, como el de la supervivencia de los más fuertes y hábiles, que sólo quien tiene éxito económico tiene derecho a tomar decisiones, a participar en el gobierno de la comunidad, se sitúan las ideologías democráticas que asumen que todos los seres humanos somos iguales y tenemos los mismos derechos” (Torres Santomé, 2001; 28)

BIBLIOGRAFÍA

  • Beltrán y San Martín (1992): “Hacer posible la democracia organizativa. Autoevaluación escolar”, en Cuadernos de Pedagogía, nº 204, pp.66-71
  • Carrasco Rodríguez, M. (1999). Dirección y mercado. Kikiriki, 53.
  • Fernández Enguita, M. (2001). “Una profesión democrática para un servicio público”, en Cuadernos de Pedagogía nº 302
  • Fernández Sierra, J. (2002). Calidad de la enseñanza y evaluación: ¿Aprender o rendir?, en Fernández Sierra, J. Evaluación del rendimiento, evaluación del aprendizaje. Akal.
  • Fernández Sierra, J. (2002). Calidad Total: ¿estudiantes y profesorado a la carta?, en Fernández Sierra, J. Evaluación del rendimiento, evaluación del aprendizaje. Akal.
  • Torres, J. (2001). Educación en tiempos de neoliberalismo. Madrid: Morata

 
 
 

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5 comentarios

Estoy bastante de acuerdo con

Estoy bastante de acuerdo con lo que comentas en tu artículo. Apuesto por una enseñanza más libre, realmente más participativa, en donde los estudiantes sean realmente los protagonistas y no, los clientes. Sin embargo, en el caso español, me parece muy difícil que la situación vaya a cambiar (a menos a corto plazo). La educación se sigue tratando como una mercancía más que sólo los “pudientes” pueden permitirse. No es más que una muestra del capitalismo que respiramos a diario que, ya no sólo en educación, está haciendo mella en otros ámbitos (véase el caso de la sanidad pública, la justicia, entre otros).
Nuestro sistema educativo ha tenido la mala suerte de verse tan condicionado por el enfoque tecnológico, como consecuencia de acciones políticas e históricas, que ahora resulta muy difícil deshacerse de él. De ese modo, vemos mermadas las capacidades de los alumnos para poder decidir, descubrir, reflexionar, criticar y, en definitiva, convertirse en auténticos ciudadanos libres que aprenden y quieren aprender a lo largo de su vida (claro que, el término “ciudadano libre” también sería muy discutible).
Otro término que a mí, personalmente, también me preocupa es el de calidad. ¿Calidad para qué? ¿Calidad en base a qué? ¿Calidad como rendimiento? ¿Calidad para ser productivo? Y he ahí que al final, nos topamos con el objetivo primordial de las políticas educativas actuales: ¿tienes que ser competente o competitivo? Evidentemente, competitivo. Porque el objetivo no es ya que seas capaz de pensar y actuar por ti mismo y libremente. El trasfondo es que debes producir, que debes generar riqueza para el país en el que vives, y tienes que aspirar a ser “el mejor”. Por lo tanto, se utiliza a la educación para un fin que, a mi parecer, es demasiado mezquino. Y es mezquino porque sigo sin entender que esos “sabios” (sean del color que sean) que dicen saber cómo configurar un currículum mejor, unas metodologías eficaces y, en general, conseguir que la “calidad” de nuestra educación sea mejor; sean en realidad individuos que ni han pisado un aula para impartir clase. Y que hacen oídos sordos a las demandas reales de la sociedad.
Por suerte, aunque no contemos con el respaldo del Estado para acabar con esta visión tan material y poco profunda de lo que debería ser la educación, me gusta pensar que existen profesores y maestros realmente comprometidos y que, aunque sólo sea en sus pequeñas parcelas de acción como son las aulas, intenten romper con lo establecido y, de verdad, pongan en práctica procesos de enseñanza-aprendizaje que formen a personas “competentes” y no a “competitivos”. He ahí donde se ve la calidad de la enseñanza, a mi parecer.

Qué decir? después de lo que

Qué decir? después de lo que has comentado Bascu. Sólo puedo añadir que tu comentario merece un "cum laude".

 

Por cierto, gracias por el interés mostrado en la lectura del artículo que escribí allá por el 2004, ya que no era obligatorio (qué publiqué años más tarde). Probablemente en la actualidad lo hubiera hecho de otra manera y evidentemente contextualizándolo con el estado actual de la situación socioeconómica en nuestro país.

Si te interesa tengo un artículo (bueno en realidad tengo muchos jejej)  sobre calidad de la educación. De todos ellos hay dos especialmente significativos:

 

- ¿Son los "indicadores de rendimiento" indicadores de la calidad educativa? de John Elliot, allá por 1992, recogido en Cuadernos de Pedagogía.

- La ética de la calidad de Juan Manuel Álvarez Méndez también en Cuadernos de Pedagogía

 

Un saludo

 

 

Pues me interesaría leerlos,

Pues me interesaría leerlos, me parece un tema bastante interesante. La verdad es que con estos asuntos me indigno un poco porque, por desgracia, se teoriza mucho pero después es tan difícil llevarlo a la práctica. Y no será por falta de docentes con ganas de cambiar las cosas!! jejeje.
Gracias por la información! Un saludo.